De pronto a lo lejos veo el bus que se acerca doblando la esquina y esture mi brazo lo mas que pude para que este se detuviera, como de costumbre este se detuvo y cuando entre creí que estaba al tope, cuando en realidad al observar bien me di cuenta que aun quedaba un asiento vacío y me dirigí hacia allí antes de que otro me lo ganara. Ya estaba mas tranquila aunque aun estaba agobiada porque iba tarde y el tiempo estaba exacto, al ver que el bus aun no avanzaba empecé a analizar lo que acontecía a mi alrededor.
Cruzando el corto pasillo del bus había un asiento y allí un hombre de rostro cansado, ojos caídos, su pesar era grande y en el asiento delante mio dos pequeños uno de aproximadamente cinco años y el otro ya de doce, se veían muy agotados. El mas pequeño le preguntaba a su padre a donde vamos y este le decía a ver a tu madre y al escuchar esto el mayor se entristecía cada vez mas como si nunca mas fueran a ver a su padre, al mas pequeño no parecía afectarle parece que no entendía bien la situación.
Un vendedor, mercader de lapiceros subió al bus y con elegancia y esmero de buen estafador empezó a regatear cada unos de estos lapiceros, los niños encantados por la labia que este manejaba, estaban deseosos de estos productos y al unisono voltearon a ver a su padre con los ojos mas tiernos que pudieron jacer en aquel breve momento, el padre aunque dudoso del vendedor, se enamoro de la morada de sus pequeños y sin pensarlo saco de su bolsillo un pañuelo con unas pocas monedas y le compró uno a cada uno. Los pequeños irradiaban alegría por doquier como si fuera el tesoro mas grande y con mucha velocidad el mas grande levanto del suelo un papel y ambos empezaron a pintar. Pasado un rato el padre volvió a su pesar y los niños guardaron los lapiceros, el mayor volvió su vista al piso como deseando no estar allí, el menor estaba inquieto.
De pronto yo levanté la mirada y por encima del respaldar de enfrente una pequeña cabezota de asomó cono los ojos mas grandes, negros, penetrantes e inocentes que pude haber visto en toda mi vida, eso pequeños faroles negros miraban desorientados al vacío y yo me perdí en su mirada perdida.Entonces decidí levantar mis cejas y el pequeño lo noto con gran rapidez y se agachó, de pronto apareció por el lado izquierdo y me levanto las cejas al ver que su mirada era correspondida se oculto de nuevo, luego se repitió la misma rutina para el lado derecho y continuo el pequeño con su recorrido de izquierda, arriba y derecha y así sucesivamente y sus fue como esos asombrosos ojos negros me hicieron olvidarme del tiempo, de mi amiga y de mi vida en un instante, un instante tan largo que en fui muchísimo mas lejos de lo que esperaba y entonces el hechizo se acabó, el bus se detuvo y el padre con los ojos mas tristes que nunca se levantó y agarró de la mano a sus dos pequeños y así fue como me despedí del niño de los ojos negros, con una mirada.
Después tuve que tomar otros dos buses para ir a casa de mi amiga que estaba muy lejos porque me perdí en el camino de unos ojos negros.
A veces en la vida uno esta muy ajetreado, ocupado y desesperado, tanto que incluso no se da cuenta de los pequeños placeres de la vida que te envuelven y te relajan, como unos pequeños ojos negros.
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